Amarini Villatoro atraviesa un presente destacado al frente del Club Sport Cartaginés, pero su nacionalidad guatemalteca muchas veces queda en segundo plano cuando se habla de los técnicos que marcan diferencia en Costa Rica. ¿Pesa más el trabajo realizado o el pasaporte?
Hay entrenadores que necesitan un currículum lleno de títulos para comenzar a recibir reconocimiento.
Y hay otros que, incluso haciendo un gran trabajo, parecen necesitar algo más para que su nombre aparezca entre los técnicos más valorados.
El caso de Amarini Villatoro invita precisamente a abrir ese debate.
El técnico guatemalteco vive un momento importante al frente del Club Sport Cartaginés, equipo al que ha llevado a competir en escenarios exigentes y que actualmente protagoniza una campaña que merece atención.
Pero surge una pregunta incómoda:
¿Tendría Amarini Villatoro un mayor reconocimiento si su pasaporte dijera España, Argentina o Colombia?
No se trata de afirmar que exista una regla que premie a un entrenador por su nacionalidad. El punto es analizar una percepción que aparece con frecuencia en el fútbol: el origen puede influir en la manera en que se presenta y se interpreta el trabajo de un técnico.
El trabajo habla dentro de la cancha
Villatoro no necesita cambiar de nacionalidad para demostrar su capacidad.
Su trayectoria ya tiene suficientes capítulos para analizar su trabajo desde lo futbolístico: planificación, manejo de grupo, lectura de partidos y resultados.
En Cartaginés ha encontrado un escenario donde sus decisiones están siendo observadas cada semana y donde el equipo ha conseguido competir en un contexto de alta exigencia.
Además, su recorrido internacional le ha permitido trabajar en diferentes escenarios de Centroamérica y construir una carrera lejos de los grandes mercados futbolísticos.
Cuando el nombre extranjero pesa
En el fútbol costarricense, los entrenadores provenientes de determinados países suelen llegar acompañados de una expectativa particular.
Un técnico español puede ser presentado como parte de una escuela táctica.
Uno argentino puede llegar acompañado de la etiqueta de su tradición futbolística.
Y uno colombiano suele ser asociado con una amplia producción de entrenadores que han trabajado dentro y fuera de Sudamérica.
Pero cuando el técnico procede de Guatemala, el reconocimiento mediático puede no ser el mismo.
¿Es una cuestión de percepción? ¿De mercado? ¿De trayectoria? ¿O simplemente de prejuicios futbolísticos?
Ahí está uno de los puntos más interesantes del debate.
Amarini no necesita que lo “vendan”
El mejor argumento de Villatoro está en el terreno de juego.
Su presente en Cartaginés permite discutir su capacidad sin necesidad de colocarle una nacionalidad diferente.
Porque si un entrenador consigue que un equipo compita, encuentre una identidad, gestione momentos complicados y obtenga resultados, esos elementos deberían ser analizados independientemente del pasaporte.
Y precisamente ahí aparece una reflexión que el fútbol costarricense puede hacerse:
¿Estamos valorando a los entrenadores por lo que hacen o también por el lugar donde nacieron?
Quizás Amarini Villatoro no necesita ser español, argentino o colombiano.
Quizás lo que necesita es que su trabajo sea observado con la misma lupa con la que se analiza a cualquier técnico extranjero que llega con un apellido conocido o una nacionalidad que históricamente genera mayor expectativa.
Porque en el fútbol, tarde o temprano, el discurso se acaba y queda la cancha.
Y hoy, la cancha le está dando a Amarini Villatoro argumentos para que su nombre sea tomado en serio.