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Jueves 1 de octubre de 2026

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Opinión | La factura que China nos está pasando

POR: Humberto Vargas Corrales /Exdiputado 2014-2018

Redacción · 4 min de lectura
Opinión | La factura que China nos está pasando
Opinión | La factura que China nos está pasando. Fotografía: AM Prensa.

POR: Humberto Vargas Corrales /Exdiputado 2014-2018

Viví muy de cerca cuando se aprobaron los proyectos más polémicos que nos vendieron como la “gran entrada de Costa Rica al siglo XXI”: la refinería de Soresco y la ampliación de la Ruta 32. Desde el primer día levanté la voz con recelo, porque era evidente que estábamos caminando hacia un camino desigual, atado a los intereses de un Estado extranjero y no al bienestar de los costarricenses.

La refinería Soresco no fue más que un espejismo. Después de años de promesas, terminó convertida en pérdidas por más de 35 millones de dólares para el país. En vez de asegurar energía más competitiva, lo que dejó fue un hueco en las finanzas públicas y la amarga experiencia de depender de una contraparte que nunca jugó con transparencia.

La ampliación de la Ruta 32, que debía ser un símbolo de desarrollo, se convirtió en un carrusel de adendas, atrasos y justificaciones técnicas. La empresa a cargo, de capital chino, hizo de la improvisación una práctica constante, y hoy seguimos con una obra inconclusa y con más preguntas que respuestas. Esa “cooperación” terminó siendo un lastre financiero y administrativo para Costa Rica.

Lo que en un inicio se presentó como “abrir mercados” ha sido, en la práctica, una puerta abierta para inundar Costa Rica con productos chinos a bajo costo, mientras nuestras exportaciones hacia ese país se reducen y pierden peso.

Los datos lo confirman: el déficit comercial con China es enorme y creciente. Importamos cientos de millones de dólares cada mes, pero nuestras ventas a ese mercado no alcanzan ni de cerca a compensar. En otras palabras: compramos mucho, vendemos poco. Y ese desequilibrio termina golpeando a nuestra producción local.

Nos vendieron cooperación, pero lo que recibimos fueron los nuevos “espejitos” del siglo XXI.

El Estadio Nacional, aquel “regalo” que muchos aplaudieron como gesto de amistad, se convirtió en el símbolo perfecto de la relación desigual entre China y Costa Rica: una vitrina monumental que costó muy caro.

Muy caras salieron las bolitas de fútbol. Mientras nos tomábamos la foto en la inauguración, los contratos, los créditos y los compromisos se multiplicaban en silencio. Fue la estrategia perfecta: una mano da un estadio y la otra firma préstamos, acuerdos comerciales desequilibrados y obras que aún no terminan.

China y la corrupción: una sociedad peligrosa

No se puede ignorar un hecho incómodo: China, en conjunto con la corrupción política interna de América Latina, se ha convertido en uno de los grandes promotores e impulsores de la corrupción en nuestros países.

Sus proyectos suelen llegar acompañados de falta de transparencia, sobreprecios y condiciones leoninas. Lo hemos visto no solo en Costa Rica, sino también en otros países de la región donde los préstamos y las obras chinas dejan más deudas que desarrollo.

Todos estos créditos y convenios deben ser investigados a fondo y bajo el escrutinio público. La ciudadanía merece saber a quién benefició realmente esta “amistad” diplomática, porque al pueblo costarricense lo que le ha tocado es pagar.

Riesgos para la relación con Estados Unidos

Lo más grave no es solo lo que hemos perdido, sino lo que podemos arriesgar. Estados Unidos es y seguirá siendo nuestro socio principal: la mayor parte de nuestras exportaciones, inversión extranjera y turismo provienen de ese país.

Sin embargo, el coqueteo constante con Pekín, sumado a la opacidad en proyectos estratégicos, ha generado roces innecesarios. El caso de la red 5G es un ejemplo: tuvimos que emitir un decreto para limitar a empresas chinas por riesgos de ciberseguridad, lo cual ya refleja la tensión entre mantener un vínculo con China y, al mismo tiempo, garantizar la confianza de Washington.

Costa Rica no puede jugar a dos aguas: necesitamos alinear nuestra política exterior con la realidad económica. Y esa realidad nos grita que Estados Unidos es nuestro socio natural y estratégico, no China.

China nos vendió modernidad, pero nos dejó con deudas, obras a medio terminar y una peligrosa dependencia comercial. Nos deslumbraron los estadios, las becas y las promesas, pero a cambio comprometimos nuestra soberanía y debilitamos nuestra relación con el aliado que realmente sostiene nuestra economía.

Ya es hora de dejar de mirar a China con ingenuidad y empezar a mirar por Costa Rica.

Los espejitos del siglo XXI ya demostraron su verdadero reflejo: un país que pagó demasiado por un trato que nunca fue justo.

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